Los seres humanos de todas las naciones nos parecemos mucho, cuando existe
una crisis como la que afrontamos con la pandemia de coronavirus, desesperamos
por desconocimiento y actuamos en consecuencia de nuestra ignorancia, como se
verifica cuando vemos noticias sobre las perchas vacías de papel higiénico, en
Ecuador como en España.
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Aglomeración en supermercados de Quito después de la declaratoria d eemergencia sanitaria para enfrentar el coronavirus
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Los ecuatorianos hemos demostrado que nos asustamos con facilidad, que
preferimos los rumores a la información oficial o científica, que somos capaces
de movilizarnos en masa para salvarnos como podamos - no todos, por supuesto -.
Pero en los últimos días en tres momentos nos admiramos cómo las hordas de
personas asustadas atacaron las provisiones de mascarillas, que solo se
utilizan para los enfermos y el personal de salud, y dejando sin alcohol y
guantes a los principales supermercados y tiendas de barrio.
Pocos días después, antes de el anuncio de medidas económicas, las enormes
filas para adquirir gasolina, colapsaron el tráfico en las principales ciudades;
y, cuando el Presidente declaró la emergencia sanitaria, miles de ciudadanos
acudieron a proveerse de lo necesario, pero sobre todo de lo innecesario en los
supermercados, todo esto en menos de un mes.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), insta a los
gobiernos a radicalizar las medidas de prevención
Los sociólogos y antropólogos tienen material valioso para estudiar estos
casos de reacción ciega, masiva e inclusive violenta, investigaciones que
pueden servir como base teórica para futuras políticas públicas y sobre todo
para generar estrategias de comunicación que minimicen el impacto de una crisis
como la actual, pues debemos estar seguros que no será la última.
He señalado que el desconocimiento es la causa de esta reacción histérica,
pero quizás exista otro elemento que podamos considerar, lo que los alemanes
llaman el Zeitgeist, que se traduciría como el espíritu del tiempo, la
conciencia de una época determinada, y este nuevo siglo se caracteriza por
repetir las preocupaciones apocalípticas de otras épocas.
Esta visión de alcanzar un final, un momento de no retorno, se conoce como
milenarismo, escatología o mesianismo, aludiendo a la época en que un profeta nacido
en Belén predicaba el fin de los tiempos. La Edad Media fue un caldo de cultivo para los movimientos apocalípticos, que promulgaban una amenaza de exterminio,
basado en el Libro de la Revelación de San Juan, pero que, muy adentro de la
cultura humana, era el resultado de una fiebre psicológica, un deseo incontrolable
de autodestrucción.
La peste negra fue una de las peores pandemias de la Historia
Esta psicología del apocalipsis, sumada a la persistente ignorancia y a la porfiada
manera de esparcir rumores, incrementa el miedo colectivo, convirtiéndose cada
problema en un campo fecundo para las manifestaciones de nerviosismo, ahondadas
por el constante sermón de antiguas y nuevas religiones, y plasmadas también en
la literatura, la música, el cine o el streaming.
Pero se preguntarán ustedes, por qué en nuestra época ha vuelto esta idea
obsesiva del final de los tiempos. La respuesta nos puede llevar a una realidad
subyacente mucho más preocupante: el colapso de la civilización tal como la conocemos, por sus contradicciones internas y porque, a través de la Historia,
los imperios y las civilizaciones surgen de las cenizas de sus predecesoras,
evolucionan hasta prosperar y decaen.
Nuestra civilización occidental desaparece poco a poco, pero es un proceso a
largo plazo que quizás dure siglos, pero su decadencia se nota ya en los procesos de desintegración
social, económica y política (gobernantes débiles, corruptos, analfabetos
culturales, que legislan en contra de la realidad; políticos neofascistas o
populistas de izquierda, que obnubilan a las poblaciones con demagogia y después
la controlan con prebendas y dádivas; líderes sociales estupidizados por su
ideología que impiden al estado tomar medidas más drásticas; falta de controles,
de servicios y de oportunidades de los estados; educación mala e ilusa;
incremento de la brecha entre pobres y ricos, con una clase media que se
desmorona; crecimiento del fanatismo; guerras por la religión, el agua y por la
energía; ejércitos buenistas, costosos o mal preparados; incremento de la
pobreza, de los desplazados y los migrantes, pacíficos primero y violentos
después, con juventud, vigor, decisión y mucha hambre; explosión demográfica y
envejecimiento de la población, formación de cinturones de miseria que engrosan
la periferia de las ciudades y amenzan a sus antiguos pobladores;
enfrentamientos civiles entre pobres y organizaciones radicales de izquierda
con las fuerzas de choque; el miedo de unos ciudadanos arrinconados e
ignorantes incrementará la angustia y las respuestas violentas, primero contra
los delincuentes y los más débiles, después contra el propio estado que los
defiende; incremento de la basura y desperdicio de recursos; contaminación de
fuentes de agua y del aire; cambios climáticos globales y en puntos precisos
del planeta; epidemias y pandemias cada vez más frecuentes y más difíciles de
controlar).
Así, solo nos queda aceptar que los problemas se profundizarán con el
tiempo y que las personas reaccionarán de forma inconsciente, como respuesta al
miedo social que se incrementa, razón por la cual, los ciudadanos dispuestos a afrontar
los retos de una época caótica, debemos prepararnos y anticiparnos a las próximasincursiones de las masas.

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