Les presento los dos relatos de la creación de "Vasija de barro", escrita por poetas y pintores y compuesta por músicos populares, hablando sobre nuestra herencia indígena, en perfecto español. Esta canción nos define en nuestras profundas raíces andinas, como un nuevo pueblo que mantiene su proceso de formación y evolución.
Versión del cantautor Gonzalo Benítez
Extraída del libro "Gonzalo Benítez: tras una cortina de años."
Quito, 2007
“Me encontré en la calle Guayaquil con el Oswaldo Guayasamín y nos invitó, pues, a una reunión en su casa para el viernes siete de noviembre de 1950 a las siete de la noche; pero recién podíamos ir después de la Radio a las nueve y media. “A la hora que quieras”, me dice, “y por favor invítale al Valencia”.
Así que fuimos a donde el Oswaldo, pero no tenía la casa de ahora sino que vivía donde el papá, al frente de la Basílica. Llegamos como a las diez y media y les encontramos ya medios avanzados. Fuimos con una guitarrita mía que después rompió el Valencia en una reyerta. No ve que le prestaba mi guitarra para sus serenatas; así, que él se había defendido con la guitarra y me entregó el mango no más...
En la fiesta había unos 80 invitados entre poetas, pintores y alumnos de la Escuela de Bellas Artes de La Alameda. Ahí nos pidieron que cantemos y después del canto ya se hicieron grupos, así es que me fui a donde tomaban menos y el Valencia se fue a donde estaban dándole duro.
Ahí le veo al Jorge Carrera Andrade que estaba ilusionado con un cuadro del Oswaldo llamado El Origen. El cuadro estaba todavía fresco y hasta me manché los dedos. En la pintura había una vasija de barro y, dentro de esta, unos esqueletos pequeños, de niños. El Oswaldo explicó que los Incas enterraban a sus familiares dentro de la vasija junto con alimentos. Se impresiona el Jorge Carrera y le vemos que se va a la biblioteca, coge un libro y en la contratapa escribe una estrofa:
Yo quiero que a mí me entierren
como a mis antepasados
en el vientre oscuro y fresco
de una vasija de barro.
Nos impresionó a nosotros también... Cuando en eso coge el libro el poeta Hugo Alemán y debajo escribe otra estrofa:
Cuando la vida se pierda
tras una cortina de años
vivirán a flor de tiempo
amores y desengaños.
Y para susto de todos coge el libro el pintor Jaime Valencia que escribe un cuarteto muy lindo:
Arcilla cocida y dura
alma de verdes collados
barro y sangre de mis hombres
Sol de mis antepasados.
Entonces cogí el libro porque dije a mí me toca poner alguna cosita, cuando en eso me arrancha el Jorge Enrique Adoum y me dice: “Ve vos después cantarás”. Cogió el libro, corrigió cosas y puso la cuarta estrofa:
De ti nací y a ti vuelvo
arcilla, vaso de barro
con mi muerte yazgo en ti
de tu polvo apasionado.
Terminado eso, se dieron las vueltas, nadie sabía quién iba a poner música, qué se iba a hacer con la letra. Serían las doce y media. Cuando le veo al Jorge Carrera Andrade que se acerca donde mí con el libro. Entonces me dice: “Vea Gonzalo, esto con música tiene que ser una belleza”. Pensé y le dije: “Bueno”, así es que cogí la guitarra.
¿Y ahora qué hacía? El Potolo estaba dándole al chupe* y era muy difícil concentrarse con la bulla de la gente, pero como ya le acepté, bajé unas gradas con luz que había al fondo, agarrado la guitarra y el libro. Me demoré cerca de una hora y, cuando ya estuvo, regresé y encontré a mi compañero Valencia medio dormido en un sillón.
Total que le levanto y le digo: “Primero oíme cantar”. No le gustó y me dice: “Pero vos le has puesto un ritmo cadencioso“. Le digo: “No, porque la música tiene que estar de acuerdo al sentido de la letra”. “No, me dice, ponéle ritmo de albazo”. Le dije que no, porque el ritmo de danzante es telúrico. No acepto que le cambies.
Y como él siempre decía que es hincha del Aucas y que nunca pierden, cuando mucho empatan, le dije que yo era de la Liga y que ahora sí él iba a perder, ni siquiera a empatar. Así que le fui obligando y, como tenía buen oído, aprendió rápido.
Ensayamos para hacer el dúo y cuando cantamos la gente se emocionó tanto que se han pasado cantando hasta las seis de la mañana. Yo me salí como a las dos, porque como no chupaba... Ahí nació la Vasija de barro, que ahora es cantada en todo el mundo. Yo mismo no creía.
Parte II
Para que quede como documento, les pedí a los que escribieron que firmen y yo también dibujé un pentagrama y escribí los primeros compases. Entonces le dije a Valencia que firme también, como él estaba cantando...Y así quedó.
Incorporamos la canción al repertorio de las audiciones y seis años después, todavía nadie quería grabar esa pieza, ¿qué tal?
Así que fui donde Gustavo Müller de Discos Nacional a decirle: “Tengo una canción muy bonita”, y le canté la Vasija de barro. No me dio ni la hora. No llegué ni a la segunda parte porque me dio coraje. “No, no”, me dice, “eso no es comercial, eso no se va a vender”. ¡Qué cosa más equivocada en que estaba! Hasta que ya no le quise ni oír y me salí. Pero me dije: “A este tengo que ganarle”.
Incluso el Potolo se resistía a cantar y me decía: “Más bien cantemos estotra canción porque esa ya está en desuso”. Ahí me daba iras. Me fui a mi casa -en la calle Imbabura, más arriba de la 24 de Mayo-, recorté un cartoncito y me puse a pintar una vasija de barro, le puse los pedacitos de hueso y le hice una portada de disco poniéndole Vasija de barro en letras grandes, porque hasta ese momento no tenía título la canción.
Volví para convencerle a Gustavo Müller. Fui con mi dibujito y cuando me recibe le digo: “Verá, le he traído este dibujo”, y me dice: “Bonito está. A ver, ¿cómo es la canción? Cántele porque no le oí bien”.
Le canté otra vez y pregunta: “¿Con qué instrumentos podemos grabar esto?". Le digo: “Con los mismos que tenemos”. “Entonces cite a ensayo a los músicos”. Así que reuní una orquesta de diez músicos. Al piano estaba Lucila Molestina de Pólit; en la flauta, Eduardo Di Donato; y dirigió la orquesta Manuel Espín (padre de Enrique Espín Yepez) y él mismo hizo los arreglos. Entonces hizo la grabación Gustavo Müller que sabía grabar muy bien y era profesor de sonido. Salió un disco con ocho temas y luego en un “estandar play”. Esto sucedió en 1956.
Cuando salió a la venta el disco, fui al almacén y oigo una bulla grande y cuando pregunto, me dicen que abrieron a las ocho de la mañana y a las once ya no había ni un disco. Se agotó el tiraje y estaban apuraditos en hacer una edición mayor. Así fue.
Esta canción se volvió representativa de la música ecuatoriana.”
Versión de Jorgenrique Adoum
Extractos de De cerca y de memoria –lecturas, autores, lugares–
Quito, Ediciones Archipiélago, 2010
Versión del cantautor Gonzalo Benítez
Extraída del libro "Gonzalo Benítez: tras una cortina de años."
Quito, 2007
“Me encontré en la calle Guayaquil con el Oswaldo Guayasamín y nos invitó, pues, a una reunión en su casa para el viernes siete de noviembre de 1950 a las siete de la noche; pero recién podíamos ir después de la Radio a las nueve y media. “A la hora que quieras”, me dice, “y por favor invítale al Valencia”.
Así que fuimos a donde el Oswaldo, pero no tenía la casa de ahora sino que vivía donde el papá, al frente de la Basílica. Llegamos como a las diez y media y les encontramos ya medios avanzados. Fuimos con una guitarrita mía que después rompió el Valencia en una reyerta. No ve que le prestaba mi guitarra para sus serenatas; así, que él se había defendido con la guitarra y me entregó el mango no más...
En la fiesta había unos 80 invitados entre poetas, pintores y alumnos de la Escuela de Bellas Artes de La Alameda. Ahí nos pidieron que cantemos y después del canto ya se hicieron grupos, así es que me fui a donde tomaban menos y el Valencia se fue a donde estaban dándole duro.
Ahí le veo al Jorge Carrera Andrade que estaba ilusionado con un cuadro del Oswaldo llamado El Origen. El cuadro estaba todavía fresco y hasta me manché los dedos. En la pintura había una vasija de barro y, dentro de esta, unos esqueletos pequeños, de niños. El Oswaldo explicó que los Incas enterraban a sus familiares dentro de la vasija junto con alimentos. Se impresiona el Jorge Carrera y le vemos que se va a la biblioteca, coge un libro y en la contratapa escribe una estrofa:
Yo quiero que a mí me entierren
como a mis antepasados
en el vientre oscuro y fresco
de una vasija de barro.
Nos impresionó a nosotros también... Cuando en eso coge el libro el poeta Hugo Alemán y debajo escribe otra estrofa:
Cuando la vida se pierda
tras una cortina de años
vivirán a flor de tiempo
amores y desengaños.
Y para susto de todos coge el libro el pintor Jaime Valencia que escribe un cuarteto muy lindo:
Arcilla cocida y dura
alma de verdes collados
barro y sangre de mis hombres
Sol de mis antepasados.
Entonces cogí el libro porque dije a mí me toca poner alguna cosita, cuando en eso me arrancha el Jorge Enrique Adoum y me dice: “Ve vos después cantarás”. Cogió el libro, corrigió cosas y puso la cuarta estrofa:
De ti nací y a ti vuelvo
arcilla, vaso de barro
con mi muerte yazgo en ti
de tu polvo apasionado.
Terminado eso, se dieron las vueltas, nadie sabía quién iba a poner música, qué se iba a hacer con la letra. Serían las doce y media. Cuando le veo al Jorge Carrera Andrade que se acerca donde mí con el libro. Entonces me dice: “Vea Gonzalo, esto con música tiene que ser una belleza”. Pensé y le dije: “Bueno”, así es que cogí la guitarra.
¿Y ahora qué hacía? El Potolo estaba dándole al chupe* y era muy difícil concentrarse con la bulla de la gente, pero como ya le acepté, bajé unas gradas con luz que había al fondo, agarrado la guitarra y el libro. Me demoré cerca de una hora y, cuando ya estuvo, regresé y encontré a mi compañero Valencia medio dormido en un sillón.
Total que le levanto y le digo: “Primero oíme cantar”. No le gustó y me dice: “Pero vos le has puesto un ritmo cadencioso“. Le digo: “No, porque la música tiene que estar de acuerdo al sentido de la letra”. “No, me dice, ponéle ritmo de albazo”. Le dije que no, porque el ritmo de danzante es telúrico. No acepto que le cambies.
Y como él siempre decía que es hincha del Aucas y que nunca pierden, cuando mucho empatan, le dije que yo era de la Liga y que ahora sí él iba a perder, ni siquiera a empatar. Así que le fui obligando y, como tenía buen oído, aprendió rápido.
Ensayamos para hacer el dúo y cuando cantamos la gente se emocionó tanto que se han pasado cantando hasta las seis de la mañana. Yo me salí como a las dos, porque como no chupaba... Ahí nació la Vasija de barro, que ahora es cantada en todo el mundo. Yo mismo no creía.
Parte II
Para que quede como documento, les pedí a los que escribieron que firmen y yo también dibujé un pentagrama y escribí los primeros compases. Entonces le dije a Valencia que firme también, como él estaba cantando...Y así quedó.
Incorporamos la canción al repertorio de las audiciones y seis años después, todavía nadie quería grabar esa pieza, ¿qué tal?
Así que fui donde Gustavo Müller de Discos Nacional a decirle: “Tengo una canción muy bonita”, y le canté la Vasija de barro. No me dio ni la hora. No llegué ni a la segunda parte porque me dio coraje. “No, no”, me dice, “eso no es comercial, eso no se va a vender”. ¡Qué cosa más equivocada en que estaba! Hasta que ya no le quise ni oír y me salí. Pero me dije: “A este tengo que ganarle”.
Incluso el Potolo se resistía a cantar y me decía: “Más bien cantemos estotra canción porque esa ya está en desuso”. Ahí me daba iras. Me fui a mi casa -en la calle Imbabura, más arriba de la 24 de Mayo-, recorté un cartoncito y me puse a pintar una vasija de barro, le puse los pedacitos de hueso y le hice una portada de disco poniéndole Vasija de barro en letras grandes, porque hasta ese momento no tenía título la canción.
Volví para convencerle a Gustavo Müller. Fui con mi dibujito y cuando me recibe le digo: “Verá, le he traído este dibujo”, y me dice: “Bonito está. A ver, ¿cómo es la canción? Cántele porque no le oí bien”.
Le canté otra vez y pregunta: “¿Con qué instrumentos podemos grabar esto?". Le digo: “Con los mismos que tenemos”. “Entonces cite a ensayo a los músicos”. Así que reuní una orquesta de diez músicos. Al piano estaba Lucila Molestina de Pólit; en la flauta, Eduardo Di Donato; y dirigió la orquesta Manuel Espín (padre de Enrique Espín Yepez) y él mismo hizo los arreglos. Entonces hizo la grabación Gustavo Müller que sabía grabar muy bien y era profesor de sonido. Salió un disco con ocho temas y luego en un “estandar play”. Esto sucedió en 1956.
Cuando salió a la venta el disco, fui al almacén y oigo una bulla grande y cuando pregunto, me dicen que abrieron a las ocho de la mañana y a las once ya no había ni un disco. Se agotó el tiraje y estaban apuraditos en hacer una edición mayor. Así fue.
Esta canción se volvió representativa de la música ecuatoriana.”
Versión de Jorgenrique Adoum
Extractos de De cerca y de memoria –lecturas, autores, lugares–
Quito, Ediciones Archipiélago, 2010
Una
tarde, fuimos él [Jorge Carrera Andrade], Hugo Alemán y yo a casa de
Oswaldo Guayasamín. Allí estaban los músicos y cantantes Gonzalo Benítez
y Luis Alberto Valencia (los “Potolos”, el dúo más célebre de la música
ecuatoriana), Lillian Robinson (entonces cuñada de Rolf Blomberg,
periodista y uno de los mejores fotógrafos del mundo, casado luego con
Araceli Gilbert) y el pintor Jaime Valencia.
En el suelo, apoyado contra la pared, había un cuadro reciente de Guayasamín titulado Origen. Carrera Andrade advirtió que en esa “Maternidad” el feto aparecía en el vientre de la madre en la misma posición que los cuerpos en las sepulturas precolombinas. En algún momento Jorge tomó, al azar, de la biblioteca de Oswaldo, un libro que resultó ser Por el camino de Swann, de Proust, que tenía cuatro páginas de guarda al final: en una de ellas escribió una primera estrofa. («Yo quiero que a mí me entierren/ como a mis antepasados,/ en el vientre oscuro y fresco/ de una vasija de barro»).
El volumen comenzó a circular (Lillian Robinson se excusó) y Hugo Alemán escribió la segunda estrofa. («Cuando la vida se pierda/ tras una cortina de años/ vivirán a flor de tiempo/ amores y desengaños»).
Le tocó el turno a Jaime Valencia («Arcilla cocida y dura,/ alma de verdes collados,/ barro y sangre de mis hombres,/ sol de mis antepasados»), y después a mí: («De ti nací y a ti vuelvo,/ arcilla, vaso de barro;/ con mi muerte yazgo en ti,/ en tu polvo enamorado»).
Alguien leyó en voz alta el resultado final. A ninguno de nosotros se le ocurrió que ese texto podría transformarse en una canción, pero recuerdo que, de golpe, el libro, abierto en sus últimas páginas, estaba frente a los Potolos como una partitura. Minutos más tarde, tras haber escrito algunas notas en un pentagrama frente a la página del texto, estrenaban Vasija de barro.
El dúo Benítez-Valencia comenzó a interpretarla en sus programas de radio, en conciertos y presentaciones públicas y entre amigos, popularizándose tan pronto que entró a formar parte del repertorio de otros artistas. (El Potolo Valencia compuso también la música para Leña verde, el poema «recogido en América» y descubierto por Joaquín Gutiérrez en una antología de poesía española, en la versión que hice, imaginándolo ecuatoriano y despojándolo del engolamiento del casticismo).
Unos diez años después, al pasar en la noche por la calle Espejo, de Quito, escuché, en la voz de los Potolos, a un volumen insólito, Vasija de barro que provenía de un almacén de música. Entré y mientras seguíamos escuchándola conté al propietario la historia de la canción. Tomó un ejemplar del disco, que acababa de salir a circulación, lo puso en una bolsa y me lo entregó diciéndome: “Perdóneme, es todo lo que puedo hacer por usted”. (Supongo que era también editor del disco y temía que le reclamara unos hipotéticos derechos de autor).
Quizás el éxito que obtuvo inmediatamente Vasija de barro explica la aparición de tantas versiones respecto de cómo fue creada la canción, sobre todo en el norte del país y en el sur de Colombia. La más imaginativa de esas versiones es, seguramente, la que atribuye la idea a Benjamín Carrión y Jorge Carrera Andrade, quienes la habrían concebido al ver, mientras entraban en una quinta de Gonzalo Zaldumbide, una escultura en el jardín, escribiendo entre los tres la letra y solicitando, tiempo después, la música al maestro Segundo Luis Moreno. (Al comienzo, en algunos discos y cancioneros, bajo el título decía: «Letra y música de Luis Alberto Valencia»; luego: «Letra: L. A. Valencia - Música: G. Benítez» y, por fin, tras la muerte del Potolo, he sabido que consta como «Letra y música de Gonzalo Benítez»: por lo pronto, al conmemorarse cincuenta años de la canción, alguien ha hecho circular una fotocopia adulterada del original, en la que se ha escrito, sobre el pentagrama que lo ilustra, «Música de Gonzalo Benítez O.»).
Lola Márquez, autora de la entrevista que acabo de resumir, concluye su texto con el siguiente párrafo: «No hay exageración al afirmar que Vasija de barro se escucha en todos los continentes y fue muy frecuente en restaurantes y cafés, en épocas en que las dictaduras sudamericanas aventaron a tantos exiliados a Europa». Yo la he oído en Lausana, interpretada a dúo por un ingeniero paraguayo y un profesor de filosofía argentino.
[…]
[Verano de 2000, costa de Amalfi]
(Esa noche, a la salida del restaurante, se me acercó una muchacha italianamente hermosa: quería un autógrafo, no para ella sino para un amigo “que no pudo ir a la lectura. Se llama Gabriele Cini y es napolitano”. Lo reconocí inmediatamente en el joven apoyado en el sillín de una enorme motocicleta. Me dijo, en un español difícil: “Tiene que dármelo porque ‘yo quiero que a mí me entierren/ como a mis antepasados…’”. Se unieron a nosotros hasta la Piazza Duomo —en el camino me enteré de que había cantado, en Roma y en Nápoles, no sé si con Los Quilapayún o Los Inti Illimani, con quienes aprendió canciones en español—, luego nos acompañaron a los pocos que fuimos al borde del Mar Tirreno: alguien trató, infructuosamente, de conseguir una botella de algo, y en el silencio de la playa donde a esa hora la noche reemplaza al mar, Gabriele Cini cantó Vasija de barro, que aprendió con el conjunto chileno, y Danzante del destino, que Atahualpa Yupanqui le hizo conocer. Tal fue, estoy seguro, la única vez que en el Golfo de Salerno se escucharon dos canciones ecuatorianas).
Jorgenrique Adoum
En el suelo, apoyado contra la pared, había un cuadro reciente de Guayasamín titulado Origen. Carrera Andrade advirtió que en esa “Maternidad” el feto aparecía en el vientre de la madre en la misma posición que los cuerpos en las sepulturas precolombinas. En algún momento Jorge tomó, al azar, de la biblioteca de Oswaldo, un libro que resultó ser Por el camino de Swann, de Proust, que tenía cuatro páginas de guarda al final: en una de ellas escribió una primera estrofa. («Yo quiero que a mí me entierren/ como a mis antepasados,/ en el vientre oscuro y fresco/ de una vasija de barro»).
El volumen comenzó a circular (Lillian Robinson se excusó) y Hugo Alemán escribió la segunda estrofa. («Cuando la vida se pierda/ tras una cortina de años/ vivirán a flor de tiempo/ amores y desengaños»).
Le tocó el turno a Jaime Valencia («Arcilla cocida y dura,/ alma de verdes collados,/ barro y sangre de mis hombres,/ sol de mis antepasados»), y después a mí: («De ti nací y a ti vuelvo,/ arcilla, vaso de barro;/ con mi muerte yazgo en ti,/ en tu polvo enamorado»).
Alguien leyó en voz alta el resultado final. A ninguno de nosotros se le ocurrió que ese texto podría transformarse en una canción, pero recuerdo que, de golpe, el libro, abierto en sus últimas páginas, estaba frente a los Potolos como una partitura. Minutos más tarde, tras haber escrito algunas notas en un pentagrama frente a la página del texto, estrenaban Vasija de barro.
El dúo Benítez-Valencia comenzó a interpretarla en sus programas de radio, en conciertos y presentaciones públicas y entre amigos, popularizándose tan pronto que entró a formar parte del repertorio de otros artistas. (El Potolo Valencia compuso también la música para Leña verde, el poema «recogido en América» y descubierto por Joaquín Gutiérrez en una antología de poesía española, en la versión que hice, imaginándolo ecuatoriano y despojándolo del engolamiento del casticismo).
Unos diez años después, al pasar en la noche por la calle Espejo, de Quito, escuché, en la voz de los Potolos, a un volumen insólito, Vasija de barro que provenía de un almacén de música. Entré y mientras seguíamos escuchándola conté al propietario la historia de la canción. Tomó un ejemplar del disco, que acababa de salir a circulación, lo puso en una bolsa y me lo entregó diciéndome: “Perdóneme, es todo lo que puedo hacer por usted”. (Supongo que era también editor del disco y temía que le reclamara unos hipotéticos derechos de autor).
Quizás el éxito que obtuvo inmediatamente Vasija de barro explica la aparición de tantas versiones respecto de cómo fue creada la canción, sobre todo en el norte del país y en el sur de Colombia. La más imaginativa de esas versiones es, seguramente, la que atribuye la idea a Benjamín Carrión y Jorge Carrera Andrade, quienes la habrían concebido al ver, mientras entraban en una quinta de Gonzalo Zaldumbide, una escultura en el jardín, escribiendo entre los tres la letra y solicitando, tiempo después, la música al maestro Segundo Luis Moreno. (Al comienzo, en algunos discos y cancioneros, bajo el título decía: «Letra y música de Luis Alberto Valencia»; luego: «Letra: L. A. Valencia - Música: G. Benítez» y, por fin, tras la muerte del Potolo, he sabido que consta como «Letra y música de Gonzalo Benítez»: por lo pronto, al conmemorarse cincuenta años de la canción, alguien ha hecho circular una fotocopia adulterada del original, en la que se ha escrito, sobre el pentagrama que lo ilustra, «Música de Gonzalo Benítez O.»).
Lola Márquez, autora de la entrevista que acabo de resumir, concluye su texto con el siguiente párrafo: «No hay exageración al afirmar que Vasija de barro se escucha en todos los continentes y fue muy frecuente en restaurantes y cafés, en épocas en que las dictaduras sudamericanas aventaron a tantos exiliados a Europa». Yo la he oído en Lausana, interpretada a dúo por un ingeniero paraguayo y un profesor de filosofía argentino.
[…]
[Verano de 2000, costa de Amalfi]
(Esa noche, a la salida del restaurante, se me acercó una muchacha italianamente hermosa: quería un autógrafo, no para ella sino para un amigo “que no pudo ir a la lectura. Se llama Gabriele Cini y es napolitano”. Lo reconocí inmediatamente en el joven apoyado en el sillín de una enorme motocicleta. Me dijo, en un español difícil: “Tiene que dármelo porque ‘yo quiero que a mí me entierren/ como a mis antepasados…’”. Se unieron a nosotros hasta la Piazza Duomo —en el camino me enteré de que había cantado, en Roma y en Nápoles, no sé si con Los Quilapayún o Los Inti Illimani, con quienes aprendió canciones en español—, luego nos acompañaron a los pocos que fuimos al borde del Mar Tirreno: alguien trató, infructuosamente, de conseguir una botella de algo, y en el silencio de la playa donde a esa hora la noche reemplaza al mar, Gabriele Cini cantó Vasija de barro, que aprendió con el conjunto chileno, y Danzante del destino, que Atahualpa Yupanqui le hizo conocer. Tal fue, estoy seguro, la única vez que en el Golfo de Salerno se escucharon dos canciones ecuatorianas).
Jorgenrique Adoum

Comentarios
Publicar un comentario
Tu opinión es importante