Entre Marx y una verdad desnuda - OPINIÓN

En la universidad, los profesores socialistas o comunistas nos enseñan que toda persona de ideología liberal es sospechosa, algo trama aquel que apoya el libre mercado, algún interés personal debe tener al opinar sobre la situación del país. Esta pedagogía de la conspiración liberal recela de las organizaciones y actores políticos que no comulgan con la izquierda, de los empresarios y en general a todo ciudadano que no se apegue a la doctrina marxista-leninista.

Líderes de la izquierda disidente del correísmo, que poco han aprendido de sus errores
Algo oscuro deben tener en el alma esos gobernantes que se reúnen con los empresarios para definir la política económica del país, deben estar conspirando para empobrecer a los ecuatorianos a través de impuestos y paquetazos, creando leyes para beneficiar a sus corporaciones y vulnerar nuestros derechos.

Hemos aprendido que las élites locales y las transnacionales traman, entre las sombras, el saqueo de nuestras materias primas, la compra a bajo precio de las empresas que manejan los sectores estratégicos, sometiendo de esta manera la soberanía nacional a los Estados Unidos, el Imperio.

Ciudadanos protestan contra la criminalización de la libertad de expresión
Nos enseñan que la población es explotada con extenuantes jornadas de trabajo y remuneraciones exiguas, que la pobreza es producto de la inequitativa repartición de la riqueza, que el desempleo se incrementa por las fallas del sistema capitalista injusto, perverso, inhumano, denigrante, diabólico, etcétera, etcétera.

Nos enseñan que el pueblo no es toda la sociedad de un país, sino una indefinible y mayoritaria fracción de ella, que el pueblo es enemigo irreconciliable de la oligarquía-partidocracia, con la que no se puede dialogar y por lo tanto hay que vencerla en su territorio a través de elecciones o en el “nuestro”, cuando las condiciones sean favorables; es decir con la revolución armada. Nos enseñan que la opinión divergente no tiene validez, porque no es parte del pensamiento único del pueblo; y, por ello, en la minoría enemiga caben todos los ciudadanos que piensan diferente, tengan o no una posición económica holgada.

Nos enseñan que la Democracia es una historia de libre interpretación, que es válida para reclamar derechos humanos, de participación, económicos y de la naturaleza; pero que puede truncarse a voluntad cuando de cumplir deberes se trata. Porque una vez alcanzado el poder, esos profesores oscuros, mal vestidos, con barbas descuidadas, creen firmemente que el pueblo está en el poder y por lo tanto ya no son válidas las manifestaciones contrarias a las políticas de izquierda. En fin, nos enseñaron que la DEMOCRACIA es democracia, un subproducto del capitalismo que nos mantiene hipnotizados con la ilusión del poder del pueblo.

Y les creemos al pie de la letra, porque esta pedagogía conspirativa, en la que nosotros somos los buenos y los otros son los malos, es de fácil digestión, simple y viral como todo prejuicio, donde no hay espacio para la autocrítica, porque se la pregona, pero su uso causa enemigos entre los criticados.

Todo este adoctrinamiento cae hecho pedazos cuando los patriotas de la izquierda asumen el poder político. Entonces, la Realpolitik se impone en el amasijo del nuevo gobierno y uno por uno van desmigándose los mitos que nos vendieron baratos, en las aulas universitarias.

Porque son los gobernantes de izquierda nos que tratan de imponer su ideología en lugar de convencernos y se vuelven sospechosos cuando maquinan un Estado totalitario, antidemocrático, que viola los derechos humanos, de forma silenciosa primero y descaradamente cuando se afianzan en el poder.

La represión es  parte del programa de control del populismo socialista
Venden, tranzan o empeñan nuestras materias primas con el mejor postor, no importa si es del imperio o de la Conchinchina; pauperizan el trabajo y someten a los funcionarios al chantaje para conservar u obtener un cargo público; nos dividen hasta la violencia y la enajenación, nos ubican entre los otros, la minoría enemiga; tratan de destrozar toda noción de democracia, inventándose las más disparatadas formas de gobierno, que confluyen todas en el líder máximo, reprimiendo cualquier expresión disidente. Roban, roban y encarcelan a los que se atreven a denunciarlos, roban y son gallitos y gallaretas, roban porque les dejan y porque reparten.

A la ciudadanía le queda protestar o someterse ante el populismo
Y los que les creímos, el día menos pensado, nos damos cuenta que metimos la pata al apoyarlos, rodeados cada vez más de jefes, de directores, de ministros, de presidente, de fanáticos y estúpidos (términos que nos son excluyentes entre sí), mirándonos al espejo con la boca abierta, sin comprender cuándo pasó este terremoto social en el cada vez la minoría enemiga se engrosa hasta superar al pueblo, silenciosa primero y finalmente indignada.

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