Yasuní, el triste final de un sueño - Opinión

El Fracaso de la Iniciativa Yasuní ITT*

El presidente del Ecuador, Rafael Vicente Correa Delgado, el 15 de agosto del 2012, derogó el decreto presidencial, que disponía la Iniciativa Yasuní ITT para conservar 920 millones de barriles de petróleo sin explotar por tiempo indefinido. Vestido con terno oscuro, se presentó ante la nación sin los símbolos que lo caracterizan: sus camisas bordadas con motivos indígenas y la banda presidencial.
Durante su intervención, señaló que “…sin buscar ninguna clase de rédito, yo creo que el país me conoce (…), quien ideó y propuso la iniciativa fue el propio Presidente de la República. Lamentablemente tenemos que decir que el mundo nos ha fallado”. Intentó justificar sus errores en el manejo de la propuesta, considerándolos poco relevantes, pues para el gobernante la hipocresía mundial fue la causa principal para que fallara la Iniciativa. Con ello, informaba a la nación que pretendía explotar los recursos para sacar de la pobreza a la población ecuatoriana.

Cadena de Rafael Correa derogando su propio decreto

Anticipándose a las reacciones de los jóvenes en contra de explotar las reservas en las áreas protegidas y el área intangible del Yasuní, durante la cadena se dirigió, directa o indirectamente por 16 ocasiones a la población juvenil (frente a las 5 menciones a toda la población), llamándoles “queridos jóvenes” y pidiéndoles que comprendan su decisión debido a que “tenemos que vencer la pobreza, tenemos que construir hospitales, adecuadas escuelas, vivienda, energía, lograr que cada territorio tenga los servicios públicos indispensables”. Esta particular orientación del mensaje tiene una clara connotación política, pues es la población juvenil la que más apoyaba su propuesta ecologista.
Pese a los argumentos del gobernante, la Iniciativa Yasuní ITT nació con serios problemas de salud, debido al manejo contradictorio de Correa frente al mundo. En primer lugar, en el año 2007, antes de proponer la iniciativa, diario El Hoy (4 de febrero del 2007), recoge información de una de sus primeras sabatinas, en la cual señala que la explotación del ITT sería una realidad pese a la oposición de los “grupos ecologistas radicales”, es decir que la iniciativa no nació de él, como argumenta con grandes dejos de humildad, sino de organizaciones defensoras del ambiente, representados por Alberto Acosta dentro del gobierno.

Alberto Acosta explica su posición sobre la Iniciativa Yasuní ITT

Posteriormente, una serie de discursos y acciones concretas del gobierno, conducían a pensar que sus verdaderas intenciones fueron obtener los recursos del Yasuní, para financiar la “Revolución Ciudadana”, que también es de autoría compartida y no propia del actual mandatario. Por ejemplo, maltratar contrapropuestas europeas de supervisión de los recursos, ante lo cual Correa manifestó su grosero desacuerdo. O iniciar la construcción de carreteras dentro de la reserva y adelantar permisos del Ministerio del Ambiente.

Roque Sevilla comenta sobre los errores de la Iniciativa

Señalar ante el mundo que la hipocresía de los países desarrollados es la principal causa del fracaso de la iniciativa y minimizar los efectos de su elocuente tozudez, constituye una repetición de actitudes de los políticos ecuatorianos: no aceptar los errores propios. Lo que en el caso del presidente Correa se ha convertido en una manía.

Etnocidio: una real posibilidad

Durante la cadena del presidente Rafael Correa, en la cual se informó a la nación y al mundo sobre la derogatoria del Decreto que impulsaba la Iniciativa Yasuní ITT, no hubo una sola mención sobre los pueblos en aislamiento voluntario, ni del peligro real de que ocurra un etnocidio que los extermine.
La omisión del Presidente, acostumbrado a desmembrar y detallar todas las aristas de un asunto, parece sospechosa. Habló con claridad sobre los éxitos del gobierno en materia ecológica en el campo Panacocha, explotado por Petroamazonas; puso como ejemplo el sistema de control de pesca del tiburón, pero sobre los problemas humanos con los Tagaeri y los Taromenane no dijo una sola palabra, pese a que viven en una situación desesperada, cercados como están por los bloques petroleros que circundan el parque Nacional Yasuní y por sus vecinos los colonos y los waoranis.


Documental de Abyssinia Films donde habla sobre la explotación petrolera en el Yasuní
y la contaminación actual producida por Repsol

Para el sacerdote capuchino Miguel Cavodevilla, la exterminación de estos pueblos es cuestión de tiempo, si el Estado ecuatoriano no es capaz de tomar medidas serias para evitarlo, es decir, si la situación continúa como hasta la presente fecha.
Desde la matanza de no contactados en 2003, los misioneros han advertido a los gobiernos de turno y que desde el 2009 las actuales autoridades estuvieron al tanto del peligro de etnocidio, nadie ha logrado detener los enfrentamiento y que se repita el asesinato de más de 20 taromenanes en marzo del 2013.
Invadidos en su territorio estos pueblos desaparecerán, ocultados por el poder y por los intereses petroleros del gobierno, para el cual, si existen, son un problema menor que no merece la pena mencionarlo.

‘Una tragedia ocultada’

El libro ‘Una tragedia ocultada’ escrito por el sacerdote capuchino Miguel Ángel Cabodevilla y la investigadora Milagros Aguirre, es un documento histórico, sociológico, antropológico, periodístico e inclusive político, pues toma de estas vertientes sus mejores herramientas para explicar una horrible realidad que viven dos grupos de indígenas waos, denominados Tagaeri y Taromenane, en la región amazónica conocida como Yasuní.
El texto fue objeto de un episodio lamentable, pues durante su lanzamiento una orden judicial evitó la distribución del libro, en base a una denuncia de la Defensoría del Pueblo que se comprobó, posteriormente, fue completamente infundada e instigada por integrantes de la Fiscalía.
Por estos dos motivos: la tragedia de los pueblos no contactados y el abuso de las autoridades para evitar su difusión en la sociedad, el libro ‘Una tragedia ocultada’ se convierte en un documento fundamental para conocer la verdad sobre las consecuencias de la intervención del Estado en el Yasuní y su responsabilidad en las masacres.
La obra se compone de dos partes. En la primera, Cabodevilla escribe ‘LA MASACRE ¿que nunca existió?’ Y en el primer párrafo del Capítulo I, ‘Contra el olvido’, hace dos afirmaciones claras y contundentes:

“A finales de marzo de este año, 2013, se perpetró, en las selvas del nororiente ecuatoriano, una gran matanza de indígenas ocultos. Consumada de una forma abusiva y cruel. Se eliminó, sobre todo, a mujeres y niños. Funcionarios gubernamentales siguen hablando de presunta, o de que quizá pudo darse. No obstante, las pruebas del desastre, desde un inicio, no pueden ser más contundentes”. (Aguirre y Cavodevilla, 2013, pág.25).

Un niño y una mujer taromenanes asesinados
(fotografía del libro Una tragedia ocultada, 2013, pág. 135)

Estas palabras recogen el fundamento del libro; es decir, que existe un problema de matanzas contra pueblos no contactados, protegidos por la Constitución de la República del Ecuador y los Derechos Humanos; y, que las autoridades no han actuado de acuerdo a sus responsabilidades.
En la segunda parte, Aguirre escribe ‘¡OCULTADOS! La bitácora de unas muertes anunciadas (marzo-septiembre 2013)’, donde afirma que:

“Era totalmente previsible una venganza después de una muerte tan cruel como la de Ompure y Buganey. Estábamos seguros de ello. En el caso de la Fundación Labaka y del Vicariato Apostólico de Aguarico, el primer contacto con las autoridades se dio el día 7 de marzo, dos días después de la tragedia. Una llamada del Ministro del Interior, hombre interesado en el tema de los “ocultos” desde cuando fue Ministro de Trabajo, en el gobierno de Alfredo Palacio1, y a quien habíamos acudido en varias ocasiones anteriores, cuando fue Ministro de Justicia, y que se mostró entonces preocupado por el tema, fue el primer contacto oficial” (sic). (Aguirre y Cavodevilla, 2013, pág.144).

Esta afirmación pone de manifiesto que las autoridades estuvieron al tanto de la situación y que no hicieron nada por evitar la masacre del marzo del 2013. Lo que implicaría una seria denuncia por omisión que deberían responder el Ministro José Serrano y el gobierno central.
Estos temas serán analizados para entender esta realidad que, según Cabodevilla, es de poco interés para la sociedad ecuatoriana, pues se ha considerado superficialmente esta tragedia. Ni la prensa ha investigado a profundidad, ni los intelectuales se han pronunciado, ni la sociedad civil ha reaccionado. Mientras que por parte del gobierno y la Fiscalía han procurado minimizar el problema sosteniendo una teoría de improbabilidad del hecho o que si ocurrió no pasa de ser un suceso policial local.

“La mayor matanza ocurrida en Ecuador en decenas de años ha pasado de puntillas ante la apatía general. Tampoco ha trascendido al extranjero”. (Aguirre y Cavodevilla, 2013, pág.26).

Etnocidio o simple venganza tribal
Para Cabodevilla la masacre de Tagaeris ocurrida en marzo del 2013 es mucho más que un caso de investigación policial o jurídica, porque se trata del “exterminio de un grupo social y cultural humano”. Por lo tanto, llama la atención el sacerdote, es responsabilidad de toda la sociedad ecuatoriana. Señala que si los responsables de las matanzas fuesen empresas privadas como las petroleras, otra fuera la reacción de las organizaciones sociales, mientras que no dicen nada frente a indígenas matando indígenas.
Para el autor, las masacres son una constante en la zona y son irremediables si se continúa con el inadecuado manejo de la situación, pues no se ha tomado ninguna medida desde la última gran masacre ocurrida hace 10 años en el 2003. La impunidad de los actos sangrientos es una legalización de facto.
Narra los acontecimientos en los siguientes capítulos: ‘El ataque’, ‘Tras el asalto’, ‘El exterminio que no cesa’, donde cuenta la historia del ataque de un grupo de Tagaeris contra los ancianos waoranis Ompure y su esposa Bugany, fuera del poblado de Yarentaro, dentro del Bloque 16, explotado por Repsol.
La reacción de furia de los indígenas era notoria. Cabodevilla traduce varias voces de angustia y de ira, que incluye la voz de uno de los hijos de la anciana gritando: “¡Voy a matar a todos! ¡Voy a matar a todos los taromenani!”. Las autoridades y los sacerdotes que visitaron posteriormente el pueblo, dan razón de la tensión.
Cabodevilla insta a los lectores a que se empapen de la realidad del Yasuní antes de emitir juicios sobre las causas de estos hechos. En la bibliografía publicada por la Fundación Alejandra Labaka (FAL), expone tres argumentos que son aclaratorios:
  •     Los Tagaeri y los Taromenane son pueblos guerreros y por lo tanto violentos.
  •     Por su condición atacarán a los ‘cowori’ pobladores fuera de sus clanes.
  •     Los waorani y los colonos se anticiparán a estos ataques matando a los Tagaeri y Taromenane.

Ocultar la tragedia, una política de Estado
Milagros Aguirre manifiesta que integrantes de la FAL se entrevistaron con el Ministro José Serrano para llamar su atención sobre el peligro que se cernía en el mes de marzo en el Yasuní. Mediante correo electrónico, este funcionario de Estado respondió el 11 de marzo:

“comparto y suscribo lo señalado, realmente vamos a actuar inmediatamente con lo que han señalado (…) te ruego mantenerme al tanto, de lo que consideres pertinente. Actuáremos con el reglamento y la indemnización, la campaña de difusión y además el protocolo, estaré atento, José.

“Por supuesto, nada de eso se hizo: ni la indemnización, ni socializar protocolos de emergencia, ni siquiera hablar del tema. Nada de nada…”. (Aguirre y Cavodevilla, 2013, pág.149).

Fueron muchas las cartas del Obispo y de funcionarios de la FAL solicitando la intervención del Gobierno en dos aspectos:

1.      Control y requisa de armas y municiones en las comunidades afectadas por el ataque a los ancianos Ompure y Bugany.
2.      Indemnización a los familiares de los fallecidos, en base a una reglamentación que procure saciar la sed de venganza y justicia.

“¿Por qué no actuaron?”, se pregunta Aguirre y analiza el criterio académico de un funcionario de gobierno quien sostenía que expertos consultados, desde sus prejuicios antropológicos,  manifestaron la imposibilidad de que los waoranis tomen venganza contra sus hermanos no contactados.
La autora hace un recuento de las actividades infructuosas de las autoridades, que concentraron a comunidades de waoranis que no fueron afectadas por el ataque para dialogar y llegar a acuerdos, el 26 de marzo, cuando 6 días antes un grupo ya había salido a buscar a los taromenani.

“Unas horas antes de la noticia, tuvimos nuevamente contacto con los funcionarios del Ministerio del Interior. Llamaban para invitar a participar en mesas de trabajo que preparaban ante un tema por demás complejo, una con entendidos en el tema y asesores, otra con autoridades locales (otra vez, siempre que pasa lo mismo, sucede igual). Horas más tarde volvimos a llamar, pero no para confirmar la asistencia a dichas mesas, sino para contarle al Viceministro que todo parecía demasiado tarde, que daba igual si se hacían o no mesas de trabajo, si había o no respuestas estructurales por parte del Estado: la venganza había sido consumada. Los waorani volvieron con dos niñas, C. y D. que habían capturado durante su incursión.

“-¡Qué!, ¿Estaríamos hablando de un escenario como el del 2003?, dijo, sorprendido, el Viceministro”. (Aguirre y Cavodevilla, 2013, pág.157).

Las masacres se repetirán si no actuamos
  • El llamado del sacerdote Cabodevilla es claro: la sociedad ecuatoriana es responsable por la casi segura desaparición de los pueblos no contactados, pues la impasibilidad para reclamar por su derecho a existir, no crea las condiciones para que el estado actúe en función de los derechos humanos y la Constitución.
  • Las autoridades del gobierno central y de los gobiernos seccionales son responsables de velar por los pueblos no contactados, realizando actividades de concienciación, indemnizaciones y de fuerza, de ser necesario, para castigar a los waoranis que se involucren en la cacería de tagaeris y taromenanes.
  • Existe una intencionalidad de determinadas autoridades por minimizar e inclusive ocultar el etnocido, considerando los hechos como asuntos de índole policial. Además, a partir de la decisión presidencial de explotar los Bloques 41 y 43 del Yasuní, prácticamente los pueblos no contactados fueron borrados del mapa.
De mantenerse el statu quo, la desaparición de los últimos pueblos libres es inminente.

* Tres artículos preparados para la clase de Periodismo Político y Opinión Pública sobre el tema del etnocidio de los pueblos en aislamiento voluntario, que viven en graves condiciones dentro del Parque Nacional Yasuní.

Comentarios